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ANTUN SAADEH Y LA GRAN SIRIA

“Por favor, si me arrodillan para fusilarme, permítanme quitar las piedras que lastiman mis rodillas”. Con esa delicadeza sustantiva imagino las palabras de Saadeh…

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Por Rubén Amado

La Voz del Árabe (LVÁ) – Cd. de México, febrero 13 del 2017 – “En un acto escolar cuando apenas tenía doce años, Antún Saadeh pisoteó la bandera turca en señal de protesta por no querer rendir homenaje a una bandera que no lo representaba: él era sirio libanés.”

El relato de mi amigo Nizar Issa, ferviente admirador y seguidor de los conceptos de un hombre que pudo haber cambiado el destino de la Gran Siria, comenzó sentencioso pero pausado.

La mente lúcida de Antún Saadeh, contrastaba con la rigidez de las mentes obtusas. Sus ideas respecto de la gran Siria le valieron el exilio que lo llevaron a vivir en Brasil y Argentina.

Los pormenores de su vida son el reflejo de una idea. Una gran idea tronchada por la traición de la envidia, la ambición de poder y el patetismo dirigencial. Todo esto sumado al mesianismo religioso alimentado para dividir a la sociedad. Quizá, porque cuando alguien se adelanta a la época que le toca vivir choca de frente con un paredón antagónico construido por la elementalidad. La brillantez intelectual de Saadeh, convivió con la clase política mal oliente como lo hace un fino traje de seda, encerrado en un closet infestado de humedad.

“Por favor, si me arrodillan para fusilarme, permítanme quitar las piedras que lastiman mis rodillas”. Con esa delicadeza sustantiva imagino las palabras de Saadeh frente a sus verdugos. Es que no iban a matar a un hombre, intentaban matar una idea. Pero las ideas no mueren. Las ideas trascienden. Una idea trasciende hasta al propio hombre que la creó. Una vez lanzada, nadie podrá pararla. Quizá puedan detenerla circunstancialmente. Pero la idea no es materia. Es una energía que vive para siempre. ¿Qué se puede hacer con una idea cuando germinó en tierra fértil dándole vida a miles de ideas?

El viento sopla llevando el polen a distintos lugares. Los pájaros transportan la esencia que germina en otros campos. Es inútil detener una idea. Algún día esa idea retorna por generación espontánea. La utopía es posible.

Cuando mi amigo Nizar continuó con el relato, me di cuenta que occidente tiene mucho que aprender y yo, mucho para contar. Solo frente a mi computadora cavilé como expresar esa vida encerrada en un pensamiento. Sabía de antemano que no tengo el vocabulario suficiente para narrar la dimensión exacta de este hombre.

Me pregunté una y otra vez como haría para meterme en la piel de un libanés de origen cristiano ortodoxo que recibió educación en una escuela del Cairo. Una persona que regresó al Líbano tras la muerte de su madre para vivir bajo el cuidado de la abuela, debido a que su padre había viajado a Argentina. Alguien que en 1919, emigró con los hermanos a los EEUU, para luego establecerse en Brasil después que su padre abandonara Argentina. Un individuo que a los 18 años, entre 1922 y 1923, publicara sus primeros artículos reclamando el fin de la ocupación francesa y la independencia de Siria, criticando la declaración de Balfour y el acuerdo Sykes-Picot, que en su opinión dividiría Siria natural en cinco entidades diferentes.

Me sentí frustrado pero también imprudente. Seguí adelante con mi habitual osadía. Mis limitaciones no serían obstáculo válido para para interrumpir el relato. No estaba dispuesto a convertirme en aliado de aquellos que pretenden mutilar una idea. En 1925 intentó fundar un partido en pro de la unidad de la colectividad siria en Brasil, al que denominó “Juventud Siria Combatiente”, pero la iniciativa no prosperó.

En 1927 fundó el “Partido Liberal Sirio”, pero duró apenas tres años. En 1930 dejó de editar la revista literaria “Al Majallah” y se dedicó a la enseñanza en distintas instituciones de la colectividad siria en San Pablo, Brasil. Escribió relatos como “Calamidad de Amor”, que luego fuera editado en Beirut y en 1931, publicó “Señora Sidnaia”, su segundo libro. Se ganó la vida dando clases en la Universidad Americana de Beirut para luego fundar, en 1932, el “Partido Sirio Nacionalista Social” que comenzó a operar de manera clandestina.

En 1935 comenzó a difundir su partido en ambientes juveniles y culturales organizando la primera reunión pública. Francia comenzó a inquietarse por el renacimiento del nacionalismo sirio propugnado por el partido de Saadeh.

El desenlace fue la detención llevada a cabo el 16 de noviembre de 1935, de su fundador junto a un gran número de miembros del grupo, bajo la acusación de operar clandestinamente poniendo en peligro la seguridad del estado. Saadeh fue sentenciado a seis meses de prisión durante los cuales escribió su obra “El Nacimiento de las naciones”. Ignoraba su contenido.

Al llegar a este punto, sentí que mi deuda con Antún se hacía más pesada. El relato de Nizar me mantuvo atrapado. Mi cabeza comenzó a imaginar un clásico de la literatura griega, como aquellos con que nos taladran la cabeza en las clases de filosofía.

Un libanés explicando cómo nacían las naciones, merecía la exégesis. Pero mi capacidad para llevar adelante semejante tarea sería superada por mi ignorancia al respecto. Le pedí entonces a Nizar si podíamos profundizar en la obra: me respondió que lo mejor sería que la leyera. Me invadió el desconsuelo.

A cambio de ese revés, me contó que “cuando un miembro del partido camina por la calle, los demás tienen que ver que va caminando un miembro del partido”. Entendí perfecto lo que decía. Lo que debe verse es una idea. Una idea con figura humana. Por dentro y por fuera. Un todo indivisible. Tal era la filosofía de Saadeh.

En ese momento imaginé al gigante Gulliver parado frente a mí. También a un Goliat rodeado por miles de Davides. Al poco tiempo de sus primera detención fue detenido nuevamente y durante sus días en prisión escribe la plataforma del partido. Sufrió una tercera detención entre el 9 y 15 de marzo de 1937. Año en que publicó la revista “Renacimiento” desde dónde crítico duramente la posición del Patriarca maronita y de quienes defendían la constitución del Líbano y Siria como estados separados. Ese año, militantes del partido se enfrentan de manera violenta con miembros de la Falange creada por Pierre Gemayel en Bikfaya. Saadeh acusaba a ese partido de ser sectario y fascista.

En 1938 vuelve a Brasil donde fue detenido un mes con solicitud de extradición por parte de las autoridades francesas que allanaron el partido prohibiendo sus actividades, clausurando el periódico “Renacimiento”. Luego de su liberación, viajó a Argentina y allí permaneció hasta 1940. Su exilio duraría hasta 1947. En esos años funda en Argentina la Asociación Cultural Siria y publica el periódico “El huracán”. Luego de la retirada de las tropas francesas en 1946, intentó regresar al Líbano pero el gobierno de la alianza conformada por Bisharat al Juri (presidente de la república) y Riad Sulh (primer ministro) impidió su regreso basándose en la sentencia judicial dictada en su contra durante el mandato francés. En 1947, Saadeh retornó a Beirut y la sentencia fue anulada a fines de octubre de ese año. En 1948 adhirió a la causa palestina que motivó la prohibición del partido nacional sirio por parte del gobierno libanés.

Luego de la anulación de las elecciones parlamentarias de 1949, Saadeh definitivamente enfrentado con el gobierno de Riyad Solh, organizó un intento de derrocamiento que fracasó provocando la detención de 3000 miembros de su partido. Huyó a Damasco donde fue bien recibido por el gobierno de Hosní Zaím, pero luego de un mes fue arrestado y entregado a las autoridades libanesas.

La urgencia de la barbarie es impiadosa. El día 8 de julio de 1949 fue conducido a una playa del Líbano. Pidió por favor que le quitaran las piedras debajo de sus rodillas, petición que le fuera negada y aceptó. También le fue negada la solicitud de no vendarle los ojos para ver las caras de sus ejecutores. Le respondieron que la ley no lo permitía y lo aceptó en nombre de la ley. De espaldas al mar y de cara a las armas, Antún Saadeh se convertiría en el mártir de una idea. Advertido que lo traicionarían, acudió a la cita por el simple hecho de haber dado su palabra. Su integridad moral era más importante que su vida misma. Nada se pareció más a una idea que el mismo Saadeh.

Cuando Nizar concluyó con el relato, las primeras luces del amanecer comenzaron a filtrarse por las ventanas del bar. Nos despedimos hasta cualquier momento.

Luego de caminar durante algunos minutos, descubrí que las calles habían dejado de ser calles. Caminaba por una idea conservando el rumbo, porque el rumbo es la idea en sí misma. Saadeh aceptó la muerte, sabiendo que su idea viviría para siempre. No se equivocó.

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Las declaraciones y opiniones expresadas en esta publicación son exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de La Voz del Árabe.