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CABALLO ÁRABE, HISTORIA Y LEYENDAS

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La Voz del Árabe (LVÁ) – Cd. de México, febrero 8 del 2017 – Hay tanto escrito sobre el origen del purasangre árabe, que a primera vista parece imposible sacar nada en limpio. Mito y la realidad están entremezclados de tal manera que nadie, hoy, puede garantizar nada. Además, casi todo se basa en la tradición oral, los dimes y diretes, lo que tampoco facilita las cosas.

Sobre el origen del purasangre árabe, lo que se puede decir sería que es muy difícil distinguir entre mito y realidad. Luego, como duda a resolver, resulta que el mito es tan bonito y suena tan bien, que a menudo se antoja más real y más creíble que la propia realidad fría y racional.

Así, según las tradiciones más clásicas del Mundo Árabe, de los purasangres árabes descienden todos los caballos de Ismael, el hijo de Abraham. Dios le regala a Ismael cien caballos, que salen del mar y se quedan a vivir en los alrededores de La Meca. Ismael los recoge y los guarda en un corral, los hace criar y los monta, es el primer hombre que monta y doma el caballo. Esto lo escribe Hicham ibn Said ibnKelbi, en “Al Kitab Nasab al Khil”, publicado en el siglo IX en Bagdad,y el autor recoge estos datos de Mohamed ibn Saib, que los tiene de Abu Salah, que a su vez obtuvo la información de Ibn Abbas, que vivía en tiempos del profeta.

Otros, como Ibn Hodeil al-Andalusi, que también se refiere a Ibn Abbas, pregonan que todos los purasangres árabes son descendientes de Zad ElRakeb, un semental procedente de las cuadras del rey Salomón, regalado a la reina de Saba. Luego a este semental se le cruzó con dos grupos de yeguas. Primero con yeguas de la tribu Wabar, descendientes de Umán, hijo de Lud, hijo de Sem, hijo de Noé, y que es según esta tradición la familia de yeguas más antigua y pura de todas, ya que su genealogía nos acerca prácticamente hasta los tiempos del diluvio. Las otras yeguas, como no son las hijas de los caballos del corral de Ismael. Ibn Kelbitambién se refiere a estos cruces y cita una línea de un total de ciento cincuenta y siete ejemplares puros, desde Zad El Rakeb hasta el siglo IX.

Más cerca de nosotros, León el Africano (nacido en Granada pocos años antes de 1492) considera que los purasangres árabes descienden de caballos salvajes, rápidos y muy ágiles, que viven en los desiertos árabes, desde Siria hasta Egipto y el norte de África, y que se empiezan a domesticar en tiempos de Ismael. Luego está la leyenda de las cinco yeguas de Mahoma, que produce las grandes familias dentro de la raza pura, y luego, más recientes estudios que intentan basarse en realidades arqueológicas y que sitúan el origen del purasangre árabe más o menos en el tercio norte de Mesopotamia.

El mayor de los mitos, el más difundido, más persistente, el más romántico, quizá sea el que nos cuenta que el purasangre árabe ha vivido desde siempre en la parte central de la península arábica, en el Nejd, en lo que es hoy el desierto del Nejd.

  Como un caballo ideal y casi invisible, vive en este desierto que se describe como un paraíso, fértil y de clima suave hasta que una profética maldición lo transforma en uno de los desiertos más duros y desolados del mundo. En este lugar vive el purasangre árabe y se reproduce en un equilibrio perfecto con su entorno ecológico, esperando que los nómadas lo descubran y domestiquen, en tiempos de Ismael. Luego, con la llegada de Mahoma, de la mano del Islam, el purasangre árabe hace su entrada triunfal en el mundo real.

Interesante, sí, pero no hay una sola prueba arqueológica para confirmarlo. La mayoría de los historiadores se muestran escépticos, luego nuestro sentido común tiene sus lógicas dudas.

¿Cuál podría ser, entonces, el origen geográfico de nuestro purasangre árabe? La península arábiga está prácticamente rodeada por el Mar Rojo, Océano Indico y Golfo Arábigo. Luego en el noreste, los ríos Éufrates y Tigris, y en el noroeste, el Mar Mediterráneo termina de delimitar la región. Según los datos disponibles hoy, parece ser que es en esta zona que nace el prototipo del purasangre árabe, siendo su cuna con toda probabilidad la parte más septentrional de los ríos Éufrates y Tigris, la parte norte de Mesopotamia, lo que aproximadamente sería hoy el Kurdistán. En esta zona se ha encontrado un pequeño bajorrelieve que nos enseña un caballo elegante al galope, el que data de 8.000 años a.C.

En el año1.700 d.C., la pequeña ciudad-estado de Karkemish, en esa misma región, a orillas del río Éufrates, ya es famosa por sus caballos. Karkemish, a mitad del camino entre las ciudades de Alepo y Urfa, y muy cerca de la actual Jarabulus, en la frontera entre Turquía y Siria, es en aquellos tiempos el más importante mercado de caballos ligeros. Tenemos un escrito del rey Aplachanda de Karkemish, en el que le informa a otro rey, cliente suyo, que de momento no dispone de caballos tordos para vender, pero que le puede mandar caballos castaños, si lo desea, que le avisará cuando disponga de tordos.

Esto quiere decir que ya en aquellos tiempos existía una ganadería organizada de alguna manera y con unos objetivos definidos, aunque estos solo son el color de la capa, por lo poco que sabemos hoy.

El norte de Mesopotamia es durante muchos siglos la cuna del purasangre árabe. En Ur, mucho más al sur, también a orillas del Éufrates, más cerca del Golfo Arábigo, las primeras referencias datan del año 2.000 d.C. Una tablilla del archivo del rey Bursin, de la tercera dinastía de Ur, así lo indica. Esta tablilla de arcilla es un inventario de las cuadras del rey y nos habla de alojamiento para setenta y ocho coches.

Referencias históricas: hay referencias de caballos en Palestina a partir de 1.700 d.C., en Egipto a partir de 1.580 d.C. Una yegua momificada, encontrada en Egipto que data del 1.440 d.C., esta momia llevaba una silla con cincha y tiene una alzada de 127 centímetros. La cabeza es típicamente árabe. El número de vértebras es de 33 para el cuerpo y de 14 para la cola, esto es también típico para el purasangre árabe, que suele ser más corto que otros caballos, proporcionalmente hablando, y tener alguna vértebra menos.

Estos son probablemente los restos más antiguos de un antepasado de nuestros purasangres árabes actuales. El prototipo del purasangre árabe ya existe, pero los beduinos del desierto, que con toda posibilidad ya lo conocen, todavía no lo utilizan, y faltan siglos.

El historiador griego Herodoto, 450 años a.C., describe a los beduinos montados sobre camellos, y el geógrafo Estrabón, al principio de nuestra era, escribe, cuando nos habla de la península arábiga: “No he visto caballos, que no los hay por aquí, pero en su lugar se emplean camellos.”

El poeta griego Opiano es uno de los primeros que nombra al caballo árabe, cuando lo califica de excepcional para la caza, a principios del siglo II. Hay documentos que hablan de la importación de caballos nobles de Egipto y de Mesopotamia. Doscientos años más tarde ya se tienen caballos en suficientes cantidades para la guerra. Marcelino Amiano, en el siglo IV, comenta que “los Sarracenos atacan montados en caballos ligeros y pequeños, pero inagotables”, y añade que “gracias a sus caballos veloces y ágiles, los Sarracenos parecen estar en todos los sitios al mismo tiempo.”

Hoy se supone que los árabes, los pueblos nómadas de la península arábica, empiezan a criar caballos a principios de nuestra era, quizás un poco antes. En pocos siglos, consiguen, gracias a una selección esmerada, los más fuertes, los más resistentes, los más ágiles, los más rápidos. Aquí y ahora, uno se pregunta por qué empiezan tan tarde a criar, ya que parece impensable que no conocieran la existencia de los caballos.
La razón del Desierto: el profesor Klijnstra, historiador holandés experto en este tema de los orígenes del purasangre árabe, explica que hay dos razones principales: la gran calidad de los camellos y los problemas de adaptación de los caballos al entorno hostil y duro del desierto. Los nómadas tienen camellos de montura y camellos de carga, mucho mejor adaptados a las privaciones del desierto. Los caballos nobles proceden de zonas más templadas, el desierto solamente conoce extremos: calor intenso y frío extremoso.

A principios del siglo XX, el número de potros que llegan a la edad de adultos en el desierto es de menos de la mitad del número de potros nacidos. Los más fuertes y más resistentes son los únicos que consiguen sobrevivir. La selección natural es implacable, lo mismo para el hombre que para el caballo, esta selección natural es la que le da al caballo árabe su extraordinaria dureza y resistencia. Con su fanatismo sobre la pureza de la sangre, el beduino defiende a su caballo contrala introducción de sangres inadaptadas o nocivas, y crea el primer purasangre, el caballo que será semilla y origen de todas las razas de caballos ligeros del mundo. La vida diaria en este medio natural hostil del desierto, donde todos dependen de todos para sobrevivir, une al purasangre árabe con el hombre a quien tiene una confianza ilimitada y le da esta fidelidad incondicional que tanto le caracteriza.

Cuando llega Mahoma, se encuentra con caballos que ya son famosos y temidos en todo el mundo de su tiempo. Las tribus del desierto se dedican con verdadero fanatismo a la cría de estos caballos excepcionales. Mahoma, como buen estratega, comprende muy pronto la importancia de la caballería ligera para sus propósitos, convierte la cría de caballos puros en un deber religioso.

Ahora el purasangre árabe llevará el Islam hasta Trípoli, conquistará todo el Magreb, y llegará a España y a Francia hasta Poitiers. En el este, llegará hasta pasar las orillas del río Indo y conquistará Cachemira. Cuando el Islam retrocede, el purasangre árabe se queda. Ha cambiado las guerras y las batallas. Su importancia en la Guerra Santa se podría comparar con la de las divisiones acorazadas durante la Segunda Guerra Mundial.

Al Khamsa, las cinco yeguas de Mahoma: entre las muchas leyendas sobre su origen, hay una que dice que todos los purasangres árabes descienden de las cinco yeguas preferidas de Mahoma. Hoy, las opiniones sobre el tema son muchas y variadas, las más fundadas no se basan en esta leyenda. Pero aun así, no cabe duda de que las recomendaciones del Profeta, con recompensas en la vida eterna para los criadores de caballos puros, son las que han lanzado al purasangre árabe a su actual posición de padre y creador de todas las actuales razas de caballos ligeros selectos.

La leyenda de las cinco yeguas es una de las clásicas referencias cuando la literatura árabe habla de los orígenes del caballo árabe puro. El profeta Mahoma, un día, manda recoger más de cien de entre las mejores yeguas de sus ejércitos, las manda encerrar en un corral construido cerca de un riachuelo, aguadero conocido por las yeguas y famoso por su agua cristalina y fresca. Aquí el número mágico de las cien yeguas lo podemos comparar con el de los cien caballos regalados a Ismael.

Las yeguas, en el encerradero, no disponen de abrevadero ni tienen acceso a agua alguna. Así los tiene a pleno sol durante unos días. Luego el Profeta manda abrir los portones y las yeguas se lanzan, a todo galope y relinchando, en dirección del agua. En ese preciso momento Mahoma ordena tocar la corneta para llamarlas. Para muchas yeguas la sed es más fuerte que la obediencia, pero cinco de ellas dan media vuelta antes de beber ni una gota de agua. A pesar de la sed acatan la señal y vuelven con sus dueños.

El Profeta las bendice acariciándoles las crines de la frente con su mano y les da a cada una su nombre: Obayah, Kuhaylah, Saqlauiyah, Hamdaniyah y Habdah. Son, desde entonces, las cinco yeguas del Profeta, Al Khamsa al Rasul.

Según Carl Raswan, esta es la leyenda en su versión original. Raswan, un alemán cuyo apellido de origen es Schmidt, ha vivido diecisiete años en el desierto arábigo con los beduinos Ruala, a principios del siglo XX. De entre sus muchos escritos tenemos que destacar el ‘Raswan Index’, una obra en siete tomos, muy técnica, en la cual resume todos sus conocimientos y sus creencias referentes al caballo árabe, su origen, su situación actual y su pureza. El último tomo lo termina tres semanas antes de morir, en 1966.

Aunque se le ha criticado mucho, él siempre fue muy radical y poco diplomático en muchas de sus afirmaciones, su recopilación de datos dispersos o difícilmente accesibles es un legado excepcional para la humanidad. Se esté o no de acuerdo con sus opiniones siempre tajantes e inapelables, hay que reconocer que Raswanha dedicó toda su vida a la descomunal tarea de investigar al caballo árabe.
Estas cinco yeguas son, según Raswan, las originales, las cinco yeguas del Profeta, las llama precisamente así para distinguirlas de otras cinco, las cinco hijas del famoso semental de un amigo de Mahoma, Dinari, que se llaman: Dahmah, Umm-Urkub, Yilfah, Chuwaymah y Muniquiyah. Pero, reconoce Raswan, los nombres se intercambian a menudo, dependiendo de la fuente, ya que cada tribu suele incluir las líneas que posee entre las elegidas por el Profeta. El intercambio más frecuente se da al incluir Muniquiyah entre las cinco yeguas de Mahomay meter Habdah entre las de Dinari. Conocida la aversión de Raswan por las líneas Muniqui, se comprende que no las haya querido admitir en el reducido grupo de las más importantes. También hay otras listas, pero en general la distinción se limita a tres familias, los Kuhaylan, los Saqlaui y los Muniqui, con un montón de sublíneas derivadas.

Las cinco elegidas son, siguiendo con la leyenda, a partir del famoso día del toque de corneta, las monturas favoritas de Mahoma y sus fieles compañeros Alí, Omar, Abu Bakr y Hassan.

Hay otra tradición, más antigua que el Islam que ya nos habla de las famosas cinco yeguas.
Rabia al-Khayl cuenta, nueve siglos d.C., según los historiadores, una leyenda que se asemeja mucho a la de las cinco yeguas de Mahoma, con una manada de yeguas sedientes de las cuales cinco obedecen a la llamada de su dueño.

(Texto extraído del libro “EL Purasangre Árabe” de Kristian Feanux, Manuales El Caballo)

 

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